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El portal de Morfeo

  • dssgjvs
  • 24 may
  • 2 min de lectura

Actualizado: 28 may


Existe una fuerza antigua

que no vino a competir con la conciencia.


Vino a soltarla.


Cada noche,

algo cede cuando las fronteras del yo

comienzan a diluirse en la oscuridad.


Hay verdades

que la conciencia jamás pronuncia despierta.


Y cuando los ojos del inconsciente

se abren para observar desde adentro,

aparecen los vestigios.


No como respuestas,

sino como señales suspendidas

entre el altar

y el abismo.


Como símbolos imposibles de comprender por completo

antes del amanecer.


Él no tiene templo.

No exige devoción.


Solo espera

el instante exacto

en que el ego se rinde.


Los antiguos le dieron un nombre.


Un nombre que todavía respira

en el lugar

donde comienzan los sueños.




RITUAL


La noche permanece inmóvil alrededor de la llama.


Frente a mí, el agua apenas respira dentro del cuenco.

La obsidiana descansa a su lado como si guardara una oscuridad más antigua que el lenguaje.


El silencio comienza a expandirse lentamente dentro del pecho.


Entonces escribo:


“¿Qué intenta mostrarme aquello que despierta cuando el ego duerme?”


Doblo el papel.

Lo dejo bajo el agua.


La piedra fría entre las manos parece absorber el ruido de la mente mientras cierro los ojos.


No intento comprender nada.


Solo permanezco ahí, escuchando.


A veces el inconsciente aparece con suavidad.

Otras veces deja fragmentos.

Símbolos.

Sensaciones imposibles de traducir por completo al despertar.


Porque existen verdades que la conciencia no puede mirar directamente.


Y aun así, algo dentro de mí ya las conoce.


Antes de apagar la vela, susurro:


“Lo que duerme en mí también observa.”


La obsidiana permanece junto al agua durante toda la noche.


Y al amanecer, escribo lo primero que regresa desde el sueño, incluso si no tiene sentido.


El inconsciente rara vez habla el idioma de la lógica.



 
 
 

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