La Sangre de la Vid
- dssgjvs
- 7 jul
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Hay divinidades que llegan para enseñar orden.
Para construir templos dentro de la mente, domesticar el deseo y darle nombre a aquello que puede ser comprendido.
Pero existen otras.
Divinidades que no llegan para ordenar el alma, sino para desatarla.
Él pertenece a esas fuerzas antiguas que aparecen cuando el cuerpo ya no soporta seguir siendo prisión de la conciencia. Cuando la emoción retenida comienza a pudrirse en silencio y la identidad se convierte en una máscara demasiado estrecha para contener lo que realmente somos.
Porque el cuerpo también es un portal espiritual.
Cada estremecimiento, cada danza, cada lágrima reprimida, cada impulso salvaje que intenta emerger desde lo más profundo… habla un lenguaje que la razón jamás termina de entender.
Y a veces, la liberación no llega a través del control.
Llega a través de la disolución.
Él no representa la destrucción vacía.
Representa la ruptura de aquello que dejó de estar vivo dentro de nosotros.
La locura sagrada nace precisamente ahí:
en el instante donde el alma deja de sostener una forma que ya no le pertenece.
Por eso hay quienes temen su energía.
Porque no viene a sostener el ego.
Viene a desbordarlo.
Y sin embargo, no toda locura destruye.
Algunas liberan.
Algunas arrancan las cadenas invisibles que confundíamos con identidad.
Algunas devuelven sensibilidad a un cuerpo que llevaba años sobreviviendo anestesiado.
Él no enseña a escapar de uno mismo.
Enseña a atravesarse por completo.
Y quizá por eso su presencia resulta tan incómoda y tan sagrada al mismo tiempo:
porque existen noches donde perder el control no significa caer…
sino finalmente dejar de contener aquello que necesitaba nacer.

RITUAL
La llama oscila sobre la sangre de la vid.
El agua permanece inmóvil.
Y el cuerpo, lentamente, deja de contener aquello que llevaba demasiado tiempo en silencio.
El vino desciende como memoria.
Como deseo.
Como emoción antigua buscando una grieta para respirar.
La vela arde.
La sombra tiembla sobre el cuenco.
Y algo rígido dentro del alma comienza, por fin, a aflojarse.
No hay exceso.
No hay huida.
Solo el instante sagrado donde la mente deja de resistirse
y el cuerpo vuelve a convertirse en un portal.
Las ramas observan en silencio.
El fuego consume lo innecesario.
Y aquello que había sido reprimido encuentra una forma distinta de existir.
Porque hay noches donde el alma no necesita control.
Solo permiso para sentirse viva.



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